Mi marido es de otra especie de Yukiko Motoya




Un día reparé en que mi cara se había vuelto idéntica a la de mi marido. No es que alguien me lo hubiera hecho observar, sino que, de una manera casual, mientras clasificaba las fotos acumuladas en el ordenador, de repente me fijé en ese detalle. Al comparar las fotos de hace cinco años cuando aún no nos habíamos casado, con las recientes, tuve la impresión de que nos parecíamos. No era una similitud que me permitiera señalar facciones concretas y explicar en qué consistía la semejanza, pero, cuanto más miraba las fotos, tanto más aumentaba mi aprensión. Era como si el aspecto de cada uno se fuese aproximando gradualmente al del otro. Cuando llamé a mi hermano Senta, a fin de hacerle unas consultas sobre el ordenador, aproveché la ocasión para plateárselo. -¿Cómo dices? ¿Vosotros dos? -replicó en un tono despreocupado, como un animal que estuviera descansando tranquilamente en la orilla del mar-. Jamás he pensado tal cosa. ¿ No será lo que suele decirse, que cuanto más larga es la convivencia de una pareja, tanto más van asemejándose el uno al otro? -Si esa teoría fuese cierta, entonces tú y Hakone deberíais pareceros mucho más. No me sirve. mientras le respondía, iba abriendo una carpeta del ordenador, tal como él me había enseñado a hacer, Senta y Hakone son novios desde la adolescencia y llevan viviendo juntos el doble de tiempo que mi marido y yo. Nosotros nos casamos año y medio después de habernos conocido.
-Y, lo mires como lo mires, vivir juntos no es lo mismo que estar casado -añadí.
-¿Ah, no? ¿Dónde está la diferencia?
-Está, por ejemplo, en la densidad de la relación.
Senta me indicó que arrastrara la carpeta de las fotos hasta el icono de la cámara.

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